Recordamos a nuestros caídos

Crónica del caso de la calle Morelli

 

El 25 de agosto de 1989 fue un día aciago para la Policía Nacional, pero también marcó el nuevo rumbo que tomaba la delincuencia local.

A la hora 7 el entonces jefe del Departamento de Hurtos y Rapiñas, Comisario Boris Torres, recibió una llamada a su despacho donde le indicaron que, al parecer, varios asaltantes de bancos se encontraban ocultos en una casa de la calle Morelli.

La información parecía veraz y coincidía con algunos datos sobre los integrantes de una temible gavilla, que había atracado tres sucursales bancarias, la última de ellas situada en la calle Amazonas.

Quien lideraba esa banda, armada con escopetas y fusiles, mostraba en cada uno de sus delitos varias granadas atadas a su cintura amenazando con hacerlas estallar en caso que alguien se interpusiera en su camino.

Esa mañana, el personal de la Brigada de Asaltos debía disputar un encuentro de fútbol de camaradería con la Sección Automotores, y los funcionarios llegaron a la Jefatura con los bolsos y equipos deportivos, para de allí concurrir a la cancha donde estaba pactado el partido. En vez de eso recibieron la orden de prepararse para realizar un procedimiento en la casa de la calle Morelli al 4247 casi Villagrán donde presumiblemente podrían encontrar uno más de los asaltantes a bancos.

Aquellos Policías dejaron los bolsos que contenían las prendas deportivas y se dirigieron al lugar donde aún “no había nada muy seguro”.

Al llegar a la vivienda en cuestión, y portando orden de allanamiento, el jefe de la Brigada de Asaltos, Subcomisario Washington Rodríguez, secundado por el Oficial Principal Walter Román, dispuso que cuatro policias rodearan la propiedad por los fondos, mientras que él, Román y otros agentes iban a ingresar por el frente.

Al golpear la puerta de la vivienda apareció una niña de unos 12 años, quien manifestó que en la casa no había nadie. Ante el pedido de Rodríguez que debía ingresar para cerciorarse, la menor solicitó que los acompañara un vecino de su confianza conocido como "El Abuelo", esta persona accedió.

LA TRAGEDIA

Los Policías ingresaron de a uno por el estrecho corredor que desembocaba en un pequeño hall. Cuando estaban por llegar al mismo, aparecía Víctor Hugo Benavides, quien fuera de sí y armado con fusil Máuser, abrió fuego a mansalva contra los funcionarios, acompañado por su hermano Jorge Hugo, quien tenía una escopeta.

No le importó a Benavides que la niña era su hija y que estaba en medio del tiroteo. Los funcionarios fueron sorprendidos y ni siquiera lograron extraer sus armas.

Rodríguez recibió un disparo a quemarropa en el tórax y cayó falleciendo poco después, Román retrocedió hacia la cocina y trató de sacar su pistola pero fue ejecutado de un tiro en el rostro. El Cabo Daniel Núñez retrocedió hacia la puerta y recibió un disparo en la espalda, para luego ser alcanzado por Benavides y rematado de un tiro en la cabeza. El agente Héctor Vargas recibió impactos de bala y se desmoronó sin vida, próximo al comedor.

Otro agente que estaba cerca del muro de la casa también fue alcanzado por un proyectil y cuando Víctor Benavides se acercó para dispararle nuevamente, aquel logró efectuar varios disparos, que lo alcanzaron en el rostro y el tórax.

A todo esto, los otros cuatro Policías que habían rodeado la manzana, se dirigieron al frente de la casa al escuchar los tiros, pero sólo vieron cómo Benavides herido se alejaba del lugar y ascendía a una camioneta luego de amenazar a su conductor. Su hermano Jorge había huido en otra dirección.

En horas de la tarde de ese día, Benavides fue ubicado cuando se ocultaba en una casa de la calle Roldós y Pons ultimado de varios tiros. Jorge Hugo fue capturado en Florida; años después falleció al intentar asaltar un cambio de Punta Carretas. Otro hermano de estos sujetos y un cuarto integrante de la banda fueron arrestados y procesados.

EXPERTO EN ARMAS

Jorge Benavides era un experto en armas y periódicamente hacía prácticas de tiro en el fondo de su casa, lo que alarmaba a los vecinos. También concurría a entrenarse en un campo de Paysandú y los policías encontraron todo tipo de literatura relacionada con el nazismo y grupos fascistas.

Había participado en varios asaltos a bancos y siempre le dijo a sus allegados que nunca lo atraparían con vida. Una zapatería era la cubierta de esta banda, que sembró el pánico por varios meses en aquel 1989.

Fuente El país

Montevideo, 25 de agosto de 2014

Of. Prensa y RR.PP. - JPM

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